Una entre millones

Hasta comienzos del siglo xx se creía que nuestra Galaxia, con sus inmensas dimensiones y la incalculable cantidad de astros que en ella se encierra, era el Universo. Las magnitudes de su ámbito, que progresivamente iban conociéndose, bastaban para colmar la imaginación de los astrónomos , y parecía impensable que pudiera existir algo más allá de ella, hasta que los astrónomos empezaron a estudiar con especial cuidado un tipo especial de nebulosas en espiral.
En 1845, lord Rosse, utilizando un telescopio gigantesco para aquellos años, descubrió que una nebulosa, la M51 (objeto del catálogo Messier nº 51), cerca de la Osa Mayor, tenía el aspecto de una maravillosa rueda de fuego: la llamó torbellino. Con el tiempo se apreció una estructura espiral en otras nebulosas, entre ellas la M31, la Gran nebulosa de Andrómeda. Se supuso entonces que estas nebulosas en espiral eran sistemas solares en formación. Hasta que los más potentes telescopios de nuestro siglo lograron descomponer algunas de aquellas nebulosas en espiral en conjuntos formados por varios cientos de miles de millones de estrellas, tantas o más como las que constituyen la Galaxia completa. En otras palabras, las supuestas nebulosas en espiral no eran tales sino otras tantas galaxias. Toda la concepción del Universo se había transformado de modo vertiginoso. El descubrimiento de otras galaxias vino a ser para el hombre lo que, valga la comparación, de vivir en una charca inmensa a verse de pronto en un océano.

M-51 Galaxia
Parecía imposible calcular la distancia a estos universos-isla, como entonces empezó a llamárseles, cuando un hallazgo inesperado deparó al hombre tan inaudita posibilidad. Fue una mujer, Henrietta S. Leavitt, la que descubrió que el período de oscilación de las cefeidas está en razón directa de su luminosidad intrínseca: cuanto más tarda en oscilar, más brillante es. Por tanto, si vemos una cefeida lenta y muy débil, deducimos que está lejanísima, ya que su brillo intrínseco es muy grandes; por el contrario, una cefeida rápida tiene un brillo real más bajo, y si la vemos más luminosa que la anterior es solo por razones de cercanía. Se llegó, así a establecer, una tabla que relaciona la magnitud aparente de las cefeidas, su periodo y su distancia: conocidos el periodo y la magnitud aparente, se podía ya calcular la distancia. Pues bien: utilizando placas supersensibles en los más potentes telescopios se han detectado también cefeidas en otras galaxias.
Gracias a este método, se sabe hoy que la Gran Nebulosa de Andrómeda, que realmente es una galaxia, está a 2.5 millones de años-luz. M33, en el Triángulo, se halla casi a 2.7 millones ; M51, el famoso Torbellino, a cerca de 30 millones: y, por comparación, se estima que otras galaxias más lejanas, que aparecen como puntitos diminutos utilizando miles de aumentos, están a centenares y a miles de millones de años-luz.
Hoy se estima que existen miles de millones de galaxias en un espacio no inferior a diez mil millones de años-luz.

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